
Mi muy estimada señorita del hombro izquierdo con pecas:
Quisiera decirle a través de la presente que, luego del viaje que hubimos compartido en la tercera fila de asientos del interno cuarenta y seis de la línea noventa y dos en la mañana del ventidós de agosto próximo pasado, he quedado perdidamente enamorado de usted.
Habiendo yo ascendido en la intersección de las avenidas Rivadavia y Lacarra y en oportunidad de encontrarse el antedicho colectivo abarrotado de ocasionales pasajeros que rozaban entre si y conmigo sus espaldas y/u otras áreas de sus anatomías, percibí su presencia con el rabillo del ojo, acto que motivara mi giro y posicionamiento cercano a su asiento.
Luego de algunos minutos de travesía (aún desconozco si resulta más adecuado medir la duración de los viajes en ómnibus en términos de cuadras recorridas) y cuando llegamos a la placita de Avellaneda y Cálcena, el señor del sobretodo gris topo se incorporó emprendiendo su destino de descenso por puerta trasera, permitiéndome acomodarme a su lado, luego de que usted se corriera levemente para quedar cerca de la ventanilla y recuerdo que en ese sutil movimiento se levantó algo del aroma que supongo que ronda su piel y que siendo las quince horas del día cuatro de septiembre aún me invade las narices.
Algunas cuadras después (o minutos, insisto en mi duda) cuando me propuse entregarme a la lectura de Bartleby, usted comenzó a inmiscuirse en mis ganas y las páginas se me tornaron imposibles dado que las pecas tenues de su hombro eran cada vez más mi objetivo y más lejana e indeseable se me volvía aquella frase de "preferiría no hacerlo".
Usted miraba el horizonte y las gentes y las vidrieras y yo, por carácter transitivo, las veía mirándola a usted.
Pero la vida es cruel y llegó la esquina de Billinghurst y las Heras y usted emitió un "permiso" en un susurro que aún me gusta de su voz. Y la vi enfilar hacia Ortiz de Ocampo con su paso firme y bonito hasta que se cruzó ese Renault rojo y ya dejé de verla para siempre. Luego se sentó una señora escuálida con cartera marrón y yo seguí hasta Retiro con las páginas del libro del viejo Melville firmes allí.
Suyo atentamente:
El tipo de la barba y los anteojos
PD: En el momento de la frenada brusca aquella para cruzar Córdoba, mi brazo derecho rozó su tórax y la supe así de suave como la he imaginado siempre.

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