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lunes, 4 de octubre de 2010

LA HÚNGARA (O BABEL)

Afilé una vez con una húngara que terminó engatusándome fiero. Me contó de un nene chiquito que había dejado en Tatabánya y de cómo necesitaba dinero para sostenerlo. Besaba y lloraba, mezclaba lágrimas con roces y me hacía suyo en cada siesta. Le dí todos mis ahorros. A cambio, ella supo conceder bellas cenas con libamáj casero y copita final de pálinka bebido en la cama, donde otra vez se entreveraban las caricias, los besos y las lágrimas para seguir haciéndome inexorablemente suyo.

En las noches de plenilunio, por alguna extraña razón, se le plateaba la cadera. Yo solía despertarme sólo para contemplar el singular espectáculo de su desnudez, su sueño y los rayos de luna anidando en su anca.

Anunció un día que debía retornar a su país, y que la espere, y que volvería pronto. Y que necesitaba más dinero para su hungarito. Me endeudé y malvendí pertenencias. Le entregué hasta lo que no tenía. El beso de despedida empezó con destino de profundo, pero se quedó apenas en un roce de labios. Luego, jamás dio noticias. No llamó. No escribió. Se esfumó con mi dinero (que a esa altura de la “suaré” era lo que menos me importaba) y con un tesoro armado de caricias y recuerdos. Lloré hasta quedarme seco. Me partí en dos. Me abandoné un poco al alcohol y un poco más al trabajo. Me enceguecí y por último le hice un callo al alma. Pero no pude evitar recordarla cada siesta.

Terminaron pasando varios quinces de marzo hasta dar con Tódor. Ese año me llegué hasta un bolichín en San Isidro, donde regularmente se reúnen algunos magiares a jugar al ajedrez tal como si estuvieran en los baños de Széchenyi.

Después de que me hubieran escudriñado como el forastero que era, me le acerqué.

Sabía por alguna referencia que la conocía. No quise ni siquiera enterarme si en lugar de siestas, había compartido madrugadas o mañanas con él. El tipo era un hombrote parco de ojos pequeños y ocultadores. Creo que le molestó que le preguntara así de directamente por ella, justo después de mi atravesado y extranjerísimo csókolom. Me pareció que esperaba que anduviera con más rodeos, que esperara los tiempos justos. Creo que a él también lo cagó con guita, o con afectos. Me miró con esas minucias de ojos, se devoró cinco o seis pogácsas como con bronca mientras decía algunas cosas en húngaro que yo no comprendí, aunque identifiqué varias veces la palabra "kurva", que yo si entendía.

Terminé anoticiándome de que está presa allá por regentear el juego clandestino. Que no tiene niños. Y que lo que yo le entendí como "hungarito" en realidad era "un garito" que había montado en plena avenida Andrássy, ahí nomás de la rendörség. Y que enganchó varios giles acá. Y que no le remuerde la conciencia. Después de contarme esto, volvió a sumergirse en el ajedrez y en los bollitos de manteca. Creo que ni me miró. Me pareció adivinarle en los ojos el brillo que solamente dan las lágrimas.

Saludé apenas con un visaje que nadie respondió y me fui a la calle. Caminé hasta Maipú para tomar el 168 a la vez que puteaba contra mi zoncera y las ancas plateadas de la húngara, pero sobre todo contra los vericuetos de los idiomas y los jodidos constructores de la torre de Babel.

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